La Metamorfosis

La Metamorfosis es una narración cuyo autor es el escritor checo, de origen judío y lengua alemana, Franz Kafka, que cuenta la historia de la repentina transformación de Gregor Samsa, un joven viajante de comercio de telas, en un monstruoso insecto, y del drama familiar que, como consecuencia de este acontecimiento, se desencadena. Su título original en alemán es Die Verwandlung, que podría traducirse como La transformación. No obstante, en español se ha optado por designarlo como ‘metamorfosis’, palabra que tiene un componente mitológico asociado a la obra del poeta latino Ovidio.

En este relato se ha querido ver una alegoría del enfrentamiento del hombre ante un mundo moderno que lo oprime y lo anula.

La Metamorfosis, junto con El Proceso y El Castillo, son algunas de sus novelas más universalmente conocidas, verdaderas obras maestras que han cautivado a millones de lectores de todo el mundo. Además, Kafka escribió multitud de relatos cortos, aunque en vida muy pocas de sus obras fueron publicadas.

Características del libro:

Información adicional

Isbn:

978-84-18145-00-1

Nº de Páginas:

96 páginas

Dimensiones:

12 x 19 cm

Formato Portada:

Rústica

"Uno de los libros más impresionantes que he leído, una historia claustrofóbica que te sitúa enfrente del espejo y deja que tus miedos y complejos se muestren para que luego los controles o desparezcan." — Marta rey

Lee un Avance de este libro

Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de abajo. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

😀 😀 😀

😀 😀

😀

 Prólogo 

La Metamorfosis es una narración cuyo autor es el escritor checo de origen judío y lengua alemana Franz Kafka (1883-1924), publicada en 1915, que cuenta la historia de la repentina transformación de Gregor Samsa, un joven viajante de comercio de telas, en un monstruoso insecto, y del drama familiar que, como consecuencia de este acontecimiento, se desencadena.

La Metamorfosis, junto con El Proceso y El Castillo, son algunas de sus novelas más universalmente conocidas. Además, escribió multitud de relatos cortos, aunque en vida muy pocas de sus obras fueron publicadas.

Su título original en alemán es Die Verwandlung, que podría traducirse como La transformación. No obstante, en español se ha optado por designarlo como «metamorfosis», palabra que tiene un componente mitológico asociado a la obra del poeta latino Ovidio.

En este relato se ha querido ver una alegoría del enfrentamiento del hombre ante un mundo moderno que lo oprime y lo anula.

A su vez, la transmutación de Gregor Samsa en lo que presumiblemente es un escarabajo, que es un suceso fantástico, extraordinario, inaugura la literatura del absurdo, que en las décadas posteriores influirá a numerosos escritores consagrados. Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez se encuentran entre los literatos influidos por la obra de Kafka.

El término «kafkiano» se usa en el idioma español para describir situaciones insólitas, por lo absurdas y angustiosas, como las que se encuentran en sus libros y tiene sus equivalentes en otros idiomas.

Por otra parte, en esta historia se han querido ver paralelismos biográficos con Kafka, especialmente en lo referente a su relación conflictiva con el padre y en la amenaza que él supone para Gregor en esta narración. Estudiosos de Kafka discuten sobre cómo interpretar al autor, algunos hablan de la posible influencia de alguna ideología política antiburocrática, de una religiosidad mística o de una reivindicación de su minoría etnocultural, mientras otros se fijan en el contenido psicológico de sus obras, habiendo incluso quien opina que se trata de simples relatos fantásticos. En cualquier caso, la lectura de esta obra maestra de la literatura no dejará indiferente al lector más exigente.

—Juan José Marcos


Ya al amanecer, cuando todavía era casi de noche, Gregor tuvo la oportunidad de comprobar la fuerza de sus decisiones recién tomadas —¡Dios, tenía que estar en alguna parte, no había podido marcharse volando!
La metamorfosis


 Capítulo I 

Cuando una mañana Gregor Samsa despertó de un intranquilo sueño, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Yacía sobre su dura espalda en forma de caparazón y, al alzar un poco la cabeza, vio su vientre abombado, marrón, surcado por ásperos arcos callosos, sobre el que casi no se sostenía la colcha, a punto de escurrirse del todo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban desamparadas ante sus ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una habitación normal para una persona, aunque algo pequeña, estaba tranquila entre las cuatro paredes que tan bien conocía. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños —Samsa era viajante de comercio— y de la pared colgaba una estampa que hacía poco había recortado de una revista ilustrada y había colocado en un bonito marco dorado. La estampa mostraba a una dama ataviada con un gorro de pieles y una boa de piel que, muy erguida, esgrimía un grueso manguito, también de piel, que ocultaba todo su antebrazo.

Gregor dirigió su mirada hacia la ventana y el tiempo plomizo —las gotas de lluvia se oían repiquetear en el alféizar— le puso muy melancólico. «¿Qué pasaría si siguiera durmiendo un poco más y olvidara todas las locuras?», pensó; pero era algo absolutamente imposible porque Gregor tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esa postura. Por más que se esforzaba por tumbarse sobre el lado derecho, siempre basculaba quedando otra vez de espaldas. Lo intentó cien veces, cerró los ojos para no tener que ver aquellas patas agitándose y solo cejó cuando empezó a sentir en el costado un dolor ligero y sordo que nunca antes había sentido.

«¡Dios, qué cansada es la profesión que he elegido!», pensó. «Siempre de viaje. Las preocupaciones del negocio son mucho mayores que cuando se trabaja en casa, y encima están las molestias de los viajes, la atención a los enlaces de los trenes, la comida mala e irregular, las relaciones humanas que cambian constantemente y que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales. ¡Al diablo con todo!» Sintió una ligera picazón en la parte superior del vientre; lentamente, se estiró sobre la espalda en dirección a la cabecera de la cama para poder alzar mejor la cabeza; así vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de pequeños puntitos blancos que no sabía explicar;  intentó rascarse con una pata, pero tuvo que retirarla inmediatamente porque el roce le produjo escalofríos.

Volvió a deslizarse a su postura anterior. «Estoy atontado de tanto madrugar», pensó. «Las personas deben dormir lo suficiente. Otros viajantes viven como las mujeres de un harén. Por ejemplo, cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente. Si yo hiciese lo mismo, mi jefe me despediría en el acto. Quién sabe, igual me vendría bien. Si no fuese por mis padres, hace ya tiempo que me habría marchado; habría ido a ver al jefe y le habría dicho todo lo que pienso. ¡Se habría caído de espaldas! Tiene una forma rara de sentarse sobre la mesa para, desde esa altura, hablar con el empleado, que, como el jefe es duro de oído, se le tiene que acercar mucho. Pero todavía no he perdido la esperanza; en cuanto haya reunido el dinero para pagarle lo que le deben mis padres —dentro de unos cinco o seis años todavía—, me va a oír. De momento, lo que tengo que hacer es levantarme, que mi tren sale a las cinco.»

Dirigió la mirada hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl. «¡Dios bendito!», exclamó para sí. Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Era incluso más tarde, casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba puesto para las cuatro, como debía ser; por tanto, seguro que había sonado. Pero ¿era posible seguir durmiendo con aquel campanilleo que hacía estremecer hasta los muebles? Su sueño no había sido tranquilo, pero probablemente fue más profundo. ¿Qué debía hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa, pero el muestrario todavía no estaba empaquetado y él mismo no se sentía nada descansado ni con ganas de moverse. Además, aunque alcanzase el tren, no podría evitar la bronca del jefe, pues el botones habría estado esperando el tren a las cinco y ya debía haber dado cuenta de su falta. El botones era un esbirro del jefe, sin dignidad ni entendimiento. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Sería  penoso y despertaría sospechas, pues Gregor nunca se había puesto enfermo  en los cinco años que llevaba empleado. Seguro que el jefe vendría con el médico del Montepío, haría reproches a los padres por la holgazanería del hijo y refutaría cualquier objeción remitiéndose al médico, para quien todas las personas están siempre sanas y solo padecen horror al trabajo. Pero, ¿tanto se equivocaría en este caso? Salvo cierta somnolencia, fuera de lugar después de un sueño tan prolongado, Gregor se sentía francamente bien e incluso tenía un hambre voraz.

 

 Capítulo II 

Mientras pensaba en todo esto atropelladamente sin decidirse a abandonar la cama, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron suavemente a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

—Gregor —dijo la voz de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías que marcharte?

¡La dulce voz de siempre! Gregor en cambio se horrorizó al oír la suya, que sin duda reconocía, pero en la que desde lo más profundo se mezclaba un penoso y estridente silbido en el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído bien. Gregor quiso dar una amplia respuesta y explicarlo todo, pero bajo estas circunstancias se limitó a decir:

—Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

Tal vez gracias a la puerta de madera la transformación de la voz de Gregor no debió notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero con esa breve conversación los demás miembros de la familia se dieron cuenta de que Gregor, en contra de lo que se creía, todavía estaba en casa, y al poco golpeaba el padre una puerta lateral, suavemente, pero con el puño.

—¡Gregor! ¡Gregor! —Exclamó— ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir con voz más profunda:

—¡Gregor! ¡Gregor!

Mientras tanto, desde detrás de la otra puerta lateral su hermana le preguntaba suavemente:

—Gregor, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?

Gregor contestó a ambos:

—Ya he terminado —, y se esforzó por pronunciar con claridad, hablando con grandes pausas entre las distintas palabras, intentando disimular lo insólito de su voz.

El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró:

—Abre, Gregor, por favor.

Pero Gregor no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el contrario, por la precaución, a la que se había acostumbrado en los viajes, de cerrar todas las puertas con llave durante la noche, incluso en su casa.

Primero quería levantarse tranquilamente y sin que le molestaran, vestirse y, sobre todo, desayunar, y luego considerar todo lo demás, pues se daba cuenta de que pensando en la cama no llegaría a ninguna conclusión razonable. Recordaba haber sentido en más de una ocasión un ligero dolor en la cama, producido sin duda por una postura forzada, el cual, una vez levantado, resultaba haber sido una mera impresión, y sentía curiosidad por ver cómo se iría disipando la fantástica historia que se estaba imaginando hoy. No dudaba en lo más mínimo de que el cambio de voz no era otra cosa que el preludio de un resfriado, una enfermedad profesional de los viajantes.

Apartar la colcha era muy fácil; bastaba con que se arquease un poco y la colcha caería por sí sola. Pero luego vendría lo difícil, sobre todo porque era  tremendamente ancho. Habría necesitado los brazos y las piernas para incorporarse, pero en su lugar ahora solo tenía muchas patitas que hacían los más variados movimientos y que no podía controlar. Si quería doblar una de ellas, esta se estiraba; cuando al fin conseguía que esa pata hiciera lo que él quería, las demás, como si estuvieran desajustadas, se agitaban con dolorosa anarquía.

«No es bueno haraganear en la cama», se dijo Gregor.

Primero trató de salir de la cama con la parte inferior de su cuerpo, pero esa parte inferior, que por cierto no había visto todavía y de la que no se podía hacer una idea clara, resultó ser demasiado pesada para moverla; así lo fue intentando lentamente, pero cuando, finalmente, casi desesperado, se impulsó hacia delante con todas sus fuerzas, calculó mal la dirección, se dio un duro golpe contra la pata al pie de la cama y el ardiente dolor que sintió le hizo comprender que quizá la parte inferior de su cuerpo era en ese momento la más sensible.

Por eso, intentó sacar de la cama primero la parte superior y giró cuidadosamente la cabeza hacia el borde del lecho. Lo consiguió fácilmente y, a pesar de su anchura y su peso, la masa corporal siguió lentamente al giro de la cabeza. Pero cuando al fin consiguió mantener la cabeza en el aire fuera de la cama, le dio miedo seguir avanzando de este modo porque, si luego se dejaba caer estando así, tendría que ocurrir un milagro para no lesionarse la cabeza. Precisamente ahora no podía perder el sentido bajo ninguna circunstancia; para eso, prefería quedarse en la cama.

Sin embargo, cuando tras idénticos esfuerzos y algunos jadeos consiguió colocarse como estaba antes y sus patitas volvieron a pelearse entre sí con mayor ahínco si cabe, y no encontraba ninguna posibilidad de poner orden y tranquilidad en esa agitación, se dijo de nuevo que era imposible permanecer en la cama y que lo más razonable sería sacrificarlo todo si existía la más mínima esperanza de librarse así de la cama.

En esos instantes enfocó lo más que pudo sus ojos hacia la ventana, pero lamentablemente poca confianza y alegría se podía sacar de la visión de la niebla matutina, que velaba incluso el otro lado de la estrecha calle.

«Ya son las siete», se dijo al oír de nuevo la campanilla del despertador,  «ya son las siete y sigue esta niebla.» Durante un ratito se quedó quieto respirando débilmente, quizá como si esperase que el silencio total le devolviera a la situación habitual y normal.

 

FIN DE LAS PRIMERAS PÁGINAS…

Lee un Avance de este libro

Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de al lado. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

😀 😀 😀

😀 😀

😀

Es difícil no sentirse identificado con esta histora. Es abstracta en cierto sentido, pero me está describiendo a mí y a miles de personas que se sienten atrapadas.

Nuria P.

Kafka es posiblemente el mejor escritor del siglo XX, y esta es su indiscutible OBRA MAESTRA.

Joan Font

Uno de los libros más impresionantes que he leído, una historia claustrofóbica que te sitúa enfrente del espejo y deja que tus miedos y complejos se muestren para que luego los controles o desparezcan.

Marta rey

¡CÓMPRALO AHORA!

No dudes en terminar de leer esta Obra
Maestra a un precio excepcional…

¡Descuento especial!

Ofrecemos un descuento especial para distribuidores y grandes supermercados, por compras al por mayor destinadas a grandes superficies de venta. Si estás interesado, escríbenos.

_

11 + 1 =