Los mejores relatos de Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe está considerado uno de los maestros tanto de la literatura como de la poesía universal, mientras que sus cuentos constituyen un paradigma de originalidad y maestría en el desarrollo del relato en el siglo XIX.

En la selección que presenta esta edición, Poe perfila, en un alarde de dominio de la creación de atmósferas, la psicología de personajes angustiados por las pesadillas, las fantasías y temores que, sin duda, preludian las contradicciones del ser humano contemporáneo. La mayoría de estas narraciones están dominadas por el terror y la presencia de lo sobrenatural. Una lectura que es una invitación abierta a sumergirse en el extraordinario universo de un creador que parece pasearse con gracia y elegancia en los temas más inquietantes y escalofriantes de la naturaleza humana.

Por mencionar algunas de las joyas incluidas en este libro se pueden señalar como inolvidables El gato negro o La caída de la casa Usher, parafraseada y mencionada por gigantes de la literatura como Borges y Bradbury.

Características del libro:

Información adicional

Isbn:

978-84-18145-04-9

Nº de Páginas:

160 páginas

Dimensiones:

12 x 19 cm

Formato Portada:

Rústica

"Poe te sorprende con cada cuento, con cada pasaje, con cada línea. Es un maestro en el arte de crear desasosiego, inquietud. Todo puede pasar, y nada bueno por venir…" — Pedro Junior

Lee un Avance de este libro

Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de abajo. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

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 Prólogo 

El escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) es considerado uno de los maestros tanto de la literatura como de la poesía universal. Fue amigo personal de Charles Dickens, y entre sus admiradores destacan: Oscar Wilde, R.L. Stevenson, Rimbaud y Conan Doyle, quien consideró a Poe su maestro. Dotado de una compleja personalidad, destacaban sus nobles sentimientos y su brillante inteligencia, a la vez que poseía un carácter excesivamente apasionado y fogoso. Fue expulsado de la Academia Militar de West Point, por indisciplina y desacato; así como de la Universidad de Virginia por faltar a sus obligaciones.

Sus cuentos constituyen un paradigma de originalidad y maestría en el desarrollo del relato en el siglo XIX. En la selección que presenta esta edición, Poe explora la locura, la muerte, el dolor, la crueldad, el instinto asesino, la desintegración física y moral, la soledad, el aislamiento y la duplicidad de la naturaleza humana. En un alarde de dominio de la creación de atmósferas, el escritor perfila la psicología de personajes angustiados por las pesadillas, las fantasías y temores que, sin duda, preludian las contradicciones del ser humano contemporáneo.

Por mencionar algunas de las joyas incluidas en este libro se pueden señalar como inolvidables El gato negro o La caída de la casa Usher, parafraseada y mencionada por gigantes de la literatura como Borges y Bradbury. En otros cuentos se abordan vertientes más cercanas a las exploraciones del pasado como en El retrato oval donde se viaja del pasado al futuro. Temas como la sempiterna lucha del hombre contra la muerte se expresan en La verdad sobre el caso del señor Valdemar, que trata de un señor moribundo al que mantienen vivo dos doctores mediante la magnetización, y donde logran un diálogo con este sujeto en un estado de extraña suspensión, o la configuración de personajes grotescos normalmente de carácter satírico como es el caso del cuento Berenice. Completan la colección El pozo y el péndulo, El corazón delator, El escarabajo de oro y El manuscrito hallado en una botella.

Una total particularidad estilística que utiliza este autor en sus descripciones, muchas veces claustrofóbicas o irritantes, paseándonos por diversas situaciones lúgubres. Todo es posible en estas páginas sin que se caiga en el absurdo. La mayoría de las narraciones son dominadas por el terror o la presencia de lo sobrenatural, preocupaciones metafísicas o una capacidad de análisis profundo que despliega este literato, adicto, en muchos periodos de su vida, al opio y al alcohol. Una lectura que es una invitación abierta a sumergirse en el extraordinario universo de un creador que parece pasearse con gracia y elegancia en las temáticas más inquietantes y escalofriantes de la naturaleza humana.

—Juan José Marcos

 

«El demonio del mal es uno de los primeros instintos del ser humano.»

Edgar Allan Poe


LA CAÍDA DE LA CASA USHER 

Son coeur est un luth suspendu; sitôt qu’on le touche, il résonne.

De Béranger

 

Cierto día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes bajas colgaban pesadas en los cielos, yo cruzaba a caballo una región particularmente tétrica del país; y por fin, cuando caían las sombras de la noche, tuve a la vista la melancólica Casa Usher. No sé muy bien cómo ocurrió, pero la primera mirada que eché al edificio provocó en mi espíritu una insoportable sensación de tristeza. Y digo insoportable porque no se aliviaba con ninguno de esos sentimientos casi agradables que, por ser poéticos, la mente recibe como si fueran habituales, incluso en los casos de las más ásperas imágenes naturales de lo desamparado o lo terrible. Contemplé la escena que se presentaba ante mí —la casa, los sencillos rasgos del paisaje, los sombríos muros, las ventanas a modo de ojos vacíos, unos pocos juncos pestilentes, algunos troncos de árboles marchitos— con una total depresión de ánimo, que no puedo comparar con ninguna sensación terrena, salvo al sueño de un fumador de opio, al amargo despertar de la vida cotidiana, a la detestable caída del velo. Se trataba de una frialdad extrema, de un decaimiento, de un malestar del corazón, de un irredimible desconsuelo mental que ningún estímulo de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime.

—¿Qué era —me detuve a reflexionar— aquello que tanto me desalentaba al contemplar la Casa Usher? Se trataba de un misterio irresoluble; y no podía luchar contra las tenebrosas fantasías que se agolpaban en mi mente mientras pensaba en ello. Me vi obligado a atenerme a la insatisfactoria conclusión de que, fuera de toda duda, hay combinaciones de objetos naturales, muy sencillos, que tienen la facultad de afectarnos de esa manera, a pesar de que el análisis de ese poder se pierde en consideraciones que están más allá de nuestra comprensión. Pensé que era posible que una disposición diferente de los detalles de la escena, de los pormenores del cuadro, fuese suficiente para poder modificar o anular la capacidad de crear una penosa impresión; y, actuando en consonancia con esta idea, llevé mi caballo a la escarpada orilla de un negro y espeluznante lago que se extendía junto a la casa con un tranquilo esplendor; vi en sus profundidades —con un estremecimiento aún más sobrecogedor— las imágenes reflejadas e invertidas de los juncos grises, de los troncos espectrales y de las ventanas que semejaban ojos vacíos.

En esa casa melancólica me proponía pasar, a pesar de todo, unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis mejores amigos de la niñez, pero ya habían pasado muchos años desde nuestro último encuentro. Acababa de recibir una carta suya en otra parte remota del país que, por la excesiva insistencia que traslucía, no admitía respuesta distinta de la asistencia en persona. La carta mostraba claras señales de la nerviosa agitación que dominaba a su autor. Hablo de una grave enfermedad física, de un serio trastorno mental que lo sometía, y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, único amigo íntimo, con el propósito de conseguir algún alivio para sus males, gracias a mi animada compañía. La forma de expresar todo esto y, sobre todo, la aparente sinceridad que emanaba de su ruego, no me permitieron vacilar y provocaron mi obediencia inmediata a una petición que aún consideraba muy singular.

Aunque en la niñez habíamos sido íntimos compañeros, sabía realmente poco de mi amigo. Había sido siempre excesivamente reservado. Sabía, de todas formas, que su ancestral familia era conocida desde tiempos inmemoriales por una especial sensibilidad de temperamento, expresada a lo largo de muchos años en diversas y elevadas concepciones artísticas, y corroboradas en los últimos tiempos con reiteradas y generosas obras de caridad, siempre próvidas pero discretas, así como en una apasionada devoción por las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles del arte musical. También conocí el impresionante hecho de que la estirpe de los Usher, que el tiempo había consagrado, no había producido nunca, en ninguna época, una rama duradera; en otras palabras, toda la familia se limitaba a la línea directa de descendencia, y siempre había sido así, con breves e insignificantes variaciones.

Esta deficiencia, pensé mientras repasaba mentalmente la perfecta armonía del carácter del lugar con el de sus habitantes, y mientras divagaba sobre la posible influencia que el uno, a través de los siglos, tal vez ejerciera sobre los otros; esta deficiencia, repito, tal vez consistía en la falta de una rama colateral y la consiguiente constante transmisión, de padre a hijo, del patrimonio familiar junto al nombre, que era lo que al fin había logrado identificar de tal manera a los dos como para poder fundir el título original de la heredad en el antiguo y equívoco nombre de Casa Usher que, en boca de los campesinos que lo utilizaban, parecía incluir tanto a la familia como a la mansión familiar.

Ya he comentado que el único efecto de mi experimento infantil —el de observar las profundidades del pequeño lago— había aumentado mi primera y extraña impresión. No hay duda de que la conciencia del rápido incremento de mis supersticiones —¿por qué no voy a concederles ese nombre?— servía principalmente para acelerar ese mismo aditamento. Sé desde hace mucho tiempo que, tal vez, sea la paradójica ley de todos aquellos sentimientos que tienen su base en el terror. Y quizá fuera solo por este motivo por lo que, cuando alcé de nuevo los ojos a la mansión desde su reflejo en el agua, apareció en mi mente una rara fantasía, una fantasía tan grotesca que solo la menciono con el fin de mostrar la enérgica fuerza de las sensaciones que me asaltaban. Yo había incendiado mi imaginación hasta tal punto que creía realmente que sobre la mansión y el territorio flotaba una atmósfera propia de ellos y del ambiente que los rodeaba, una atmósfera que no tenía nada que ver con el aire del cielo, sino que emanaba de los troncos marchitos de los árboles, de los grisáceos muros y del oscuro lago silencioso; un pestilente y místico vapor, opaco, estancado, apenas perceptible y de color plomizo.

Sacudiendo de mi espíritu lo que parecía haber sido un sueño, examiné más detalladamente el aspecto real del edificio. Su principal característica parecía ser su excesiva antigüedad. La decoloración a través del tiempo era enorme. Por toda la fachada se extendían infinitos hongos, que colgaban del alero en finas y enmarañadas tramas. Pero todo ello había afectado extraordinariamente poco al estado de las ruinas. No había caído parte alguna de la mampostería, y existía una extraña incongruencia entre la todavía perfecta integración entre sus componentes y la ruinosa apariencia de las piedras, tomadas una a una. Esto me recordaba bastante la aparente integridad de viejas maderas que se han podrido durante años en una cripta olvidada, donde no entra ni un solo soplo del aire del exterior. Aparte de este claro indicio de ruina general, la estructura no daba señal alguna de inestabilidad. Quizá el ojo de un avezado observador pudiese descubrir una fisura apenas perceptible, que se extendía desde el tejado del edificio a lo largo de la fachada, cruzando en zigzag el muro, para perderse en las tenebrosas aguas del lago.

Mientras observaba todo aquello, cabalgué por una corta calzada hasta la mansión. Un sirviente cogió mi caballo y entré en la gótica bóveda del vestíbulo. Un criado con paso ligero me llevó desde allí por numerosos, oscuros e intrincados pasillos hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que encontré en el camino contribuyeron de cierta manera a aumentar los sentimientos confusos a los que antes me he referido. Mientras que los objetos que me rodeaban, los relieves en los techos, los tapices oscuros de las paredes, los suelos de ébano negro y los fantasmales trofeos heráldicos, que rechinaban con la vibración de mis pasos, eran hechos a los cuales, o a algunos semejantes, estaba acostumbrado desde mi infancia, y aunque no vacilaba por el hecho de reconocer cuán familiar me era todo, aún me asombraba al descubrir lo desconocidas que me eran las fantasías que despertaban en mí aquellas manidas imágenes.

En una escalera me tropecé con el médico de la familia. La expresión de su cara, pensé, era la mezcla de una malévola astucia y de un gran asombro. Me saludó, entre nervioso y ansioso, y siguió su camino. Luego el sirviente abrió una puerta dejándome ante la presencia de su amo.

 

FIN DE LAS PRIMERAS PÁGINAS…

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Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de al lado. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

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Muy buena recopilación, pero, en realidad, cualquiera de los relatos de Poe son garantía de calidad, la mayoría me entusiasman.

Mae Pedraza

Mi favorito "El gato negro", puro terror psicológico, solo apto para adictos al estremecimiento.

William Rojas

Poe te sorprende con cada cuento, con cada pasaje, con cada línea. Es un maestro en el arte de crear desasosiego, inquietud. Todo puede pasar, y nada bueno por venir…

Pedro Junior

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