Los mejores relatos de H.P. Lovecraft

Howard Phillips Lovecraft fue un escritor estadounidense, autor de novelas y relatos de terror y ciencia ficción. Se le considera el gran innovador del cuento de horror, al que aportó una mitología propia: Los Mitos de Cthulhu. Junto con Edgar Allan Poe representa la cima de la narrativa terrorífica, y su influencia se puede rastrear no solo en multitud de escritores, sino que también es perceptible en otros campos, como el de los cineastas.

En esta recopilación exclusiva hemos querido rescatar algunas de las obras maestras de este genio, incluyendo clásicos inolvidables de su universo cósmico. Sus mitos exploran a ciegas la perspectiva de que bajo el mundo cotidiano y conocido se esconde una realidad prodigiosa y aterradora que acecha a la humanidad desde las tinieblas y sume en el pánico o la locura a quien osa atisbar los abismos de aquella inaprensible dimensión.

A menudo, el protagonista es incapaz de controlar sus propias acciones, o encuentra imposible cambiar el curso de los catastróficos acontecimientos.

Características del libro:

Información adicional

Isbn:

978-84-18145-01-8

Nº de Páginas:

160 páginas

Dimensiones:

12 x 19 cm

Formato Portada:

Rústica

"Lovecraft es de esos autores adelantados a su tiempo, un visionario que reinventó las historias de terror con conceptos propios de la ciencia ficción. Un maestro. Estos relatos te dejarán sin aliento, ya lo verás." — Jorge Méndez

Lee un Avance de este libro

Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de abajo. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

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 Prólogo 

Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) fue un escritor estadounidense, autor de novelas y relatos de terror y ciencia ficción. Se le considera un gran innovador del cuento de terror, al que aportó una mitología propia: Los Mitos de Cthulhu, que constituyen un ciclo literario de horror cósmico. Junto con Edgar Allan Poe representa la cima de la narrativa de terror, y su influencia se puede rastrear no solo en multitud de escritores, sino que también es perceptible en otros campos, como el de los cineastas.

En esta recopilación exclusiva hemos querido rescatar algunas de las obras maestras de este genio norteamericano, incluyendo clásicos inolvidables de su universo cósmico.

A menudo, en las historias de Lovecraft, el protagonista es incapaz de controlar sus propias acciones, o encuentra imposible cambiar el curso de los acontecimientos. Muchos de estos personajes escaparían del peligro si simplemente corrieran en dirección opuesta, aunque esta posibilidad nunca surge o es de alguna forma sometida por una entidad externa, como en El color surgido del espacio. Con frecuencia estos sujetos se encuentran bajo la influencia de algún ente malévolo u otros seres. Debido a la inevitabilidad del destino, huir o suicidarse no proporciona la completa seguridad de escapar del mal (El monstruo en el umbral, Dagón). En algunos casos, este destino se manifiesta para toda la humanidad, y no existe salida posible (La sombra sobre Innsmouth). En otras historias, una sociedad al completo es amenazada por la barbarie. A veces, dicho barbarismo es representado por una amenaza externa, con una civilización destruida por la guerra (Polaris).

En total, la presente selección incluye cinco narraciones extraordinarias que se apartan de la tradicional temática del terror sobrenatural —fantasmas, demonios, seres de ultratumba...— para incorporar nuevos elementos de la ciencia ficción —viajes en el tiempo, alienígenas, existencia de nuevas dimensiones, mundos imaginarios, etc. Los mitos exploran a ciegas la perspectiva de que bajo el mundo cotidiano y conocido se esconde una realidad prodigiosa y aterradora que acecha a la humanidad desde las tinieblas y sume en el pánico o la locura a quien osa atisbar los abismos de aquella inaprensible dimensión. Un libro que le provocará, en la oscuridad de la noche, cosquillas en la nuca, estremecimientos por todo el cuerpo y una mirada de desconfianza, pero que, con total seguridad, le dará algunos de los momentos de más placer con la lectura. Sin duda, esa es una de las razones por la cual sus relatos han creado adicción en millones de aficionados a la literatura fantástica.

Juan José Marcos

 

“La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz.”

Howard Phillips Lovecraft

 


 El monstruo en el umbral 

I

Reconozco que he disparado seis balas a la cabeza de mi mejor amigo. Sin embargo, y a pesar de esta confesión, mi intención es demostrar que no puedo considerarme un asesino. Muchos dirán que estoy chiflado, tal vez bastante más que el hombre a quien maté en una de las celdas del manicomio de Arkham. Espero que quien me lea juzgue los puntos que iré narrando, los contraste con las pruebas conocidas y se pregunte si alguien podría haberse comportado de una forma distinta a la mía frente a un horror como el que tuve que soportar ante aquel ser en el umbral.

Hasta cierto momento, muy al principio, solo vi locura en las singulares historias que poco a poco fueron envolviéndome. Aún hoy me pregunto si mi percepción era la correcta o si, pese a mi convicción, no seré yo también presa de la locura. No puedo saberlo con seguridad, pero hay otros que pueden contar, si lo desean, cosas muy extrañas sobre Edward y Asenath Derby. Ni siquiera los pragmáticos agentes de policía pueden explicar aquella visita final cuyo recuerdo tratan de olvidar. Han elaborado de forma rutinaria la frágil teoría de un terrible escarmiento o venganza de unos criados despedidos, pero incluso ellos saben en su fuero interno que la verdad es infinitamente más terrible y casi increíble.

Como decía, declaro que no soy el asesino de Edward Derby. Por el contrario, he sido un vengador y con mi acto le ahorré al mundo un horror que, si aún viviese, podría haber desencadenado una inaudita destrucción en toda la humanidad. Junto a nuestros habituales caminos cotidianos existen regiones de sombras; a veces hay un alma maligna que avanza hacia nosotros desde allí. Si alguien nota esa incursión, está moralmente obligado a aniquilarla sin piedad para no exponerse a pagar un inmenso y terrible precio.

Yo conocía a Edward Pickman Derby de toda la vida. Aunque fuese ocho años más joven que yo, lo cierto era que cuando yo contaba dieciséis años, ya teníamos muchos intereses en común. Jamás he conocido a un estudiante tan genial como él. A los siete años era ya un poeta consumado de versos tenebrosos, fantásticos y morbosos, que eran el asombro de sus profesores. Tal vez su precocidad se deba buscar en la esmerada educación privada que recibió desde muy niño y en los mimos excesivos que le prodigaron durante su vida. Fue hijo único, con una fragilidad física que fue motivo para que lo cuidasen con excesivo celo sus padres, que en ningún momento dejaban que estuviese fuera del alcance de su vista y de su atención. Nadie lo vio jamás fuera de su casa sin la compañía su niñera y podría decirse que nunca en su vida jugó libremente con los demás niños. Como es natural, todos aquellos factores actuaron para crear en el joven Derby una peculiar vida interior, reservada y reprimida, cuya única vía de escape era la imaginación.

Así pues, sus estudios revelaron que era un joven asombroso, de noble capacidad, y su pasión por escribir me maravilló desde un principio, y eso que le llevaba casi diez años. En aquel entonces a mí mismo me atraían unas singulares inclinaciones artísticas hacía lo grotesco, un rasgo que me hizo encontrar un alma gemela en aquel joven. Compartíamos el mismo entusiasmo por lo tenebroso y lo fantástico, una pasión que inicialmente centrábamos en la vetusta, decrépita y sin duda amenazante ciudad en la que vivíamos los dos: la encantada y mágica Arkham, cuyos apiñados y destartalados tejados de tipo holandés y desgastadas balaustradas georgianas desmenuzaban el paso del tiempo junto a las orillas de las susurrantes y oscuras aguas del río Miskatonic.

Con el paso del tiempo, me decanté por estudiar arquitectura y aparqué el proyecto de ilustrar un libro con los siniestros poemas de Edward, renuncia que no empañó para nada nuestra amistad. El pródigo talento del joven Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de su primera época y apenas cumplió los dieciocho años, la crítica reaccionó con virulencia ante una recopilación de sus oníricos poemas, titulada Azathoth and Other Horrors. Yo entonces mantenía una nutrida correspondencia con el famoso poeta baudelairiano Justin Geoffrey, el autor de The People of the Monolith, el mismo que murió en un manicomio profiriendo grandes alaridos en 1926, tras haber visitado un siniestro pueblo de Hungría cuya recuerdo es mejor no conservar.

Sin embargo, cuando se trata de autoestima y decisión de cuestiones prácticas, la vida de niño consentido a la que se había acostumbrado convertía a Edward en toda una calamidad. Con el tiempo su salud fue a mejor, cosa que no ocurrió precisamente con sus costumbres de dependencia infantil inculcadas por unos padres sobreprotectores hasta la exageración. Así pues, era natural que de adulto mostrase una exasperante incapacidad para cosas tales como viajar él solo, adoptar decisiones o asumir responsabilidades. Rápidamente supo sin duda que su futuro no residía en el mundo de los negocios o en el profesional. Sin embargo, ni él ni su familia se preocuparon demasiado, ya que el patrimonio familiar era lo bastante cuantioso como para molestarse siquiera en preocuparse por ello. En su madurez conservaba el aspecto de juventud lozana y engañosa de su época de estudiante. Rubio, de ojos azules, con el cutis de un niño, únicamente tras muchos sacrificios lograba que los demás se diesen cuenta de cómo intentaba dejarse crecer el bigote. Su voz era suave y clara. La vida sosegada que llevaba le permitía conservar un sano y elegante aspecto juvenil sin que tuviese la proverbial barriga que casi siempre delataba una madurez prematura. Tenía una adecuada estatura y sus bellas facciones le habrían permitido ser un galán muy cotizado si su timidez no hubiese constituido una barrera infranqueable para semejantes trivialidades que él siempre mantenía bien alejadas con una prudente reclusión en el universo de los libros.

Todos los veranos sus padres se lo llevaban a Europa, de modo que pronto captó con agudeza los rasgos más nítidos del pensamiento y la expresión artística del viejo continente. De igual modo, su talento, cuyo origen claramente podía asociarse a Poe, se fue corrompiendo mientras nacían en él otros fantasmas e inclinaciones artísticas. Era la época en que nos enzarzábamos en discusiones sin fin. Por entonces yo ya había conseguido licenciarme en Harvard, había trabajado en un estudio de arquitectura en Boston, me había casado y había regresado a Arkham a ejercer la profesión. Me había instalado en la casa familiar de Saltonstall Street, pues mi padre decidió mudarse a Florida por motivos de salud. Todas las tardes recibía la visita de Edward, de modo que enseguida fue considerado uno más de la casa. Su manera de tocar el timbre o golpear con la aldaba era inconfundible, lo que con el tiempo hizo que aquello se convirtiese en su contraseña. Así pues, todos nos preparábamos después de cenar para escuchar los tres golpes secos que, tras una pausa, iban seguidos de otros igualmente secos. Yo iba a su casa con mucha menos frecuencia y allí me distraía admirando los antiguos volúmenes que con un ritmo constante acrecentaban su biblioteca.

Derby se licenció en la Universidad de Miskatonic, lo cual era natural porque sus padres no le habrían dejado vivir por nada del mundo lejos del alcance de sus cuidados personales. Llegó a la Universidad a los dieciséis años y tres años después ya se había licenciado en literatura francesa e inglesa, con sobresaliente en todas las asignaturas menos en matemáticas y ciencias. Apenas hizo amistades con los demás estudiantes, y eso que se le pudo ver una cierta admiración por ese grupo de jóvenes a los que se podría denominar «audaces», «bohemios» y «vanguardistas», cuyas costumbres dudosas, lenguaje ingenioso y poses irritantes le habría gustado imitar.

El paso por aquellas regiones literarias lo empujó hacia los rincones esotéricos y mágicos, conocimientos sobre los cuales existen y existían tantos volúmenes en la biblioteca de Miskatonic que la han hecho famosa. Se convirtió en un lector voraz de estos temas. Sin que sus padres lo supiesen, se entregaba a leer cosas como el horrible Book of Echinoderm, el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt y el ancestral Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. Edward contaba con veinte años cuando nació mi primer y único hijo, y pareció encantado cuando supo que como homenaje a él le pondría de nombre Edward Derby Upton.

A los veinticinco años, Edward era hombre célebre por su amplia cultura, como poeta y narrador de relatos muy conocidos entre el público, si bien su obra mostraba sin lugar a dudas la falta de relaciones humanas y el exceso de formación puramente académica que tenía su autor. Obviamente yo era su amigo más cercano. Él me aportaba una inagotable fuente de temas teóricos. Por su parte, él buscaba mi opinión sobre los temas que no quería consultar con sus padres. Seguía soltero, aunque debo indicar que era más por timidez, descuido y sobreprotección paterna que porque hubiese escogido el celibato. Cuando estalló la guerra, su frágil salud y su patente timidez hicieron que se quedara en casa. Mi destino inicial fue Plattsburg, aunque al final nunca llegué a salir del país.

Así transcurrió el tiempo. Cuando Edward contaba treinta y cuatro años de edad, su madre murió y aquello lo hundió en una especie de bloqueo psicológico que provocó en él una completa inactividad. Su padre se lo llevó una vez más a Europa, donde parece que se repuso totalmente de la enfermedad. Poco después sintió que lo acometía una extraña euforia, como si se hubiese librado de un angustioso cautiverio. En aquella época se le veía siempre unido al grupo de estudiantes que eran considerados «vanguardistas» y llegó a participar en algunos actos bastante turbulentos. En cierta ocasión fue víctima de un chantaje y tuvo que pagar, con un dinero que yo le presté, una importante suma para que alguien no revelase a su padre que había participado en un asunto bastante turbio. Los rumores que corrían sobre la violenta banda de Miskatonic eran realmente alarmantes. Incluso se habló de nigromancia y de ejecución de actos más allá de todo lo creíble.

II

Asenath Waite apareció en la vida de Edward cuando él contaba treinta y ocho años. Por aquella época ella tendría unos veintitrés y estaba haciendo un curso especial sobre la metafísica durante el Medievo en la Universidad de Miskatonic. La hija de un buen amigo mío era amiga de infancia de esta chica, pues habían ido la dos al colegio Hall de Kingsport, pero últimamente debía evitarla debido a la mala fama que había adquirido la joven. Era morena, pequeña y muy atractiva a pesar de sus ojos saltones; no obstante, algo indefinible de su expresión hacía que las personas sensibles evitasen tratarla. Al resto de la gente, le espantaba el origen de la joven y los temas que siempre monopolizaban su conversación. Descendía de la rama de los Waite de Innsmouth. Una generación tras otra se habían contado docenas de sombrías leyendas sobre el derruido y medio abandonado pueblo de Innsmouth y sus habitantes. A día de hoy aún se oye hablar de nefandos pactos firmados en torno a 1850 y de un odioso elemento «no del todo humano» que se introdujo en las familias más antiguas del actualmente casi desaparecido puerto de pescadores. Son historias que solo un yanqui de antiguo linaje puede elucubrar y difundir con el correspondiente sentimiento de horror.

Pero volviendo a Asenath, su situación genealógica se complicaba aún más porque era hija de Ephraim Waite y el fruto de las sórdidas relaciones que había mantenido siendo ya anciano con una desconocida a la que nadie logró ver jamás. Ephraim vivía en una mansión destartalada de Washington Street. Quienes conocen el lugar —recordemos que los ciudadanos de Arkham hacen todo lo posible para evitar su paso por Innsmouth— decían que las ventanas de la buhardilla permanecían cegadas en todo momento con gruesos tablones burdamente clavados y que cuando llegaba la noche se oían extrañas voces en el interior de la casa. El viejo Waite tenía fama de haber sido un gran conocedor de los temas de magia cuando era joven y se cuenta que por aquella época era capaz de provocar temporales en el mar o hacerlos amainar. Por mi parte, yo lo había visto una o dos veces en mi juventud, cuando había acudido a Arkham a consultar unos volúmenes muy antiguos que recogían conocimientos secretos que enriquecían la biblioteca universitaria. Recuerdo que no me gustaron en absoluto su mirada patibularia y melancólica, así como la barba completamente descuidada que le colgaba de la cara. Murió de un ataque de locura en unas circunstancias que nunca fueron aclaradas como es debido, poco antes de que la hija llegase al colegio Hall. La chica tenía rasgos del padre, en especial su mirada de aire a veces diabólico.

El amigo cuya hija había sido compañera de Asenath recordó muchos episodios curiosos cuando empezó a divulgarse la relación entre ella y Edward. Según parece, Asenath se hacía pasar por maga en el colegio y, es cierto, asombraba a sus compañeros con algunos trucos realmente inexplicables. Aseguraba que podía desencadenar tormentas, pero su habilidad más notable era la capacidad de predecir con exactitud las cosas.

 

FIN DE LAS PRIMERAS PÁGINAS…

Lee un Avance de este libro

Si no conoces las bases, los cimientos, que hacen que este libro sea una obra maestra del género, te animamos a que empieces a leer el avance que te hemos preparado en la página virtual de al lado. Haz scroll. Ahí encontrarás un breve prólogo que te dará algunas pinceladas sobre lo que vas a descubrir a lo largo del libro, al tiempo que va a reactivar en ti el interés por esta magnífica pieza.

A continuación, podrás disfrutar de los primeros capítulos, para que así, de primera mano, te des cuenta de la dimensión de la obra que vas a comenzar.

¡FELIZ LECTURA!

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Dagón y El color surgido del espacio siguen siendo de los cuentos de terror favoritos, pero el gran descubrimiento de este libro ha sido La sombra sobre Innsmouth, un relato que no conocía y que me ha encantado de principio a fin.

Miguel Pérez Atocha

Es un libro para leer con calma y mucha atención, necesita atención para descifrar todos los matices, pero cuando te dejas llevar, alucinas con la mente privilegiada de Lovecraft…

Juanma Vicente

Si te gusta la mitología, este libro te va a encantar. Mezcla miles de ideas tolkianas con monstruos divinos tipo Alien. Una verdadera gozada.

Alexa

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